De excavaciones varias y regalos de cumpleaños

Lo que llevamos de noviembre ha sido bastante intenso lúdicamente hablando. Para empezar, ha sido Essen, a donde este año tampoco hemos podido ir, pero que antes o después volveremos. Cumplo años el día 4, y ya es tradición comprarme alguna de las novedades como (auto) regalo patrocinado por Patricia. Cuando termina la feria, empieza la búsqueda del juego del año… Pero este año (todavía) no me he comprado ninguna novedad de Essen, entre otras cosas, por los precios brutales de los juegos para jugones. Vamos, que por menos de 50 euros poca cosa te compras: Nations, Khole und Colonie, Amerigo… Parece que hay tarifa plana de 50 euros. Y el caso, es que uno ya se lo piensa. En realidad, el problema es que habiendo probado La era del carbón, y sabiendo que tiene un gran precio y es un juegazo, me da una pereza terrible comprar algo a ciegas sin probarlo. Dicho esto, el Pathfinder me lo he comprado, aunque no cuenta por que no es de Essen 😉

Dejemos de divagar. El mes comenzó (o casi) con una visita a la guarida del conocido como el sexto simio, Javi Santos, y como paso en mi anterior visita, me sorprendió con una esquisita bebida refrescante…

¡Chispeante pulpa de guayaba!

¡Gracias Javi! Así tendremos que repetir la visita de vez en cuando.

Como plato lúdico, jugamos una partida al Pergamon, un juego muy interesante de 2011 que creo que ha pasado sin pena ni gloria. He de decir que es un juego que me supera, y me dieron una soberana paliza. En el último turno, presenté dos fulas de exposiciones, pero limpias limpias… Javi nunca había visto tantas monedas dando lustre juntas (ver foto adjunta). Es un juego que como he dicho me parece muy interesante. En el inicio de turno, con una acción (pones el meeple en un track) decides a la vez ¡el dinero que puedes recibir, el orden de turno, las losetas que puedes comprar, y el orden de inicio del siguiente turno! Una barbaridad. Se puede jugar en Yucata, y si te pones a pensarlo, es una decisión durísima. Además, hay otra capa de complejidad, que es que el valor las losetas que compras (es un juego de comprar losetas y hacer sets, pero en forma de puzle) no es fácil de estimar, ya que el sistema de puntuaciones es relativamente sofisticado; hay diferentes tipos de piezas, cada una puntua en un momento del juego, al final puntúan todas de forma especial y para colmo de males, las losetas que presentas para puntuar van envejeciendo, pudiendo puntuar varias veces o no. Lo dicho, sofisticado. Creo que es un gran juego, pero su duración/complejidad no está equilibrada. Aunque uno puede puede pensar que es familiar, no estoy nada de acuerdo. Es un juego duro, y a 4 jugadores ni te cuento.

Lo que es no tener ni idea de lo que había que hacer…

Más adelante, en la sesión golfa, me tocaba el turno del gañán y aunque estaba pensando en venderlo, saqué mi regalo de Essen del año pasado, el Snowdonia. Aquí me encontré con otro regalo de cumpleaños, por que no sólo jugamos Jose, Fran y yo, sino que Patricia se apuntó y jugó la partida entera. Jugamos el segundo escenario que trae el juego, que por cierto, es mucho peor que el primer desde mi punto de vista, ya que divide a los jugadores en dos equipos, subiendo la montaña por dos caminos diferentes, por lo que hay la mitad de tensión. La partida estuvo simpática, el juego se llevó un +1 por el minipunto de pareja, así que se queda en la colección, es más, me he comprado una expansión de Essen de este año 😉

Mi juego de Essen de este año

Lo curioso, es que el Snowdonia volvió a salir a la mesa no otra vez esa semana, si no dos. Primero con la gente de la asjm en casa de Frescology, y el fin de semana, de nuevo con Patricia como segundo regalo de cumpleaños (+2 puntos de pareja). LA verdad es que funciona bastante bien, aunque mejor a 3-5 jugadores que a 2, que flojea un poco. Lo único malo, el setup, que es infernal. Para vender el juego 😉

Por cierto, después del Snowdonia, en mi día del gañán jugamos el San Petersburgo. J-U-E-G-A-Z-O al que no ganaré nunca. Vaya rabo de proporciones herculíneas nos metió Fran. Pero vamos, que fue para olvidar la partida. ¡Y eso que compré el observatorio en el primer turno!

Además de todo esto, conseguí sacar a Cristian de su madriguera para que probara el Julius Caesar, pero esa reseña, se la dejo a él 😉

Turno del gañán: Jokin, Cristian, Fran, Jose, David

Dando candela

Como bien sabéis, porque nuestros lectores sois gente instruida y no mangarrianes de a docena el kilo, la candela es la unidad de intensidad luminosa en el Sistema Internacional. Así que también habréis adivinado a qué jugamos la semana pasada: a Alta Tensión.

Tablero. Acabando la partida

Chispando el país, con un robot catalán. O valenciano, no le preguntamos el número de serie.

Cristian, en una golfa predespedida sacó un juego que nos gustara a todos, permitiéndose innovar en las expansiones. Así que sin darnos cuenta nos vimos con un Funkenschlag en la mesa, con un robot amarillo y el tablero de la Península Ibérica. Dejamos fuera la región de Levante, en vez de Portugal como suele ser costumbre. El robot pujaba por la central más alta, pagando como máximo tanto dinero como el valor de la central más el número de ciudades que tuviera construidas en el mapa. Después, compraba los recursos justos que requirieran sus centrales. Y a la hora de construir, construía tantas ciudades como le permitiera el dinero. Su poder especial: en vez de empezar con 50€ como los demás, empezar con 100€.

100 para 20, cinco ciudades.

Fran, montado en el taco. Y ganó. Es el jefe, está claro…

Fue una partida simpática. Para empezar porque, como cada vez que jugamos este mapa, no faltaron las quejas de David diciendo que cómo podía estar Mérida en el mapa en lugar de Badajoz. Luego, por la encarnizada batalla entre el robot y yo. Esto es muy claro: si el robot es el jugador dummie, quedar por detrás de él es reconocer públicamente tu inutilidad. Como cuando en Tinners’ Trail sacas menos beneficio que si hubieras estado toda la partida limitándote a vender empanada.
A pesar de hacerle pagar siempre el máximo por las centrales que cogiera, al empezar con tanto dinero, sin comerlo ni beberlo nos encontramos con cinco ciudades amarillas en Andalucía en el turno uno. Luego tuve la duda toda la partida si ahogar al robot no era en verdad dejar a los demás hueco para expandirse por el mapa. Pero sinceramente, bastante tenía con seguir mi estrategia de quedar penúltimo como para saber quién iba a quedar segundo.

En esta partida prometo que intenté nuevas estrategias. De hecho creo que fue la primera partida que he jugado en la que he comprado una central de carbón. Pero en cuanto aparecieron las nucleares salió mi Sr. Burns y me peleé con el robot por ella…

Carbón para 5, uranio para 3, basura para 7

Poco uranio veo yo aquí…

Fran nos ganó sin margen para la duda. Si alguien es capaz de gastarse 100€ en una central de 20€ y aún así sacarnos del mapa, una de dos: o es un genio de las finanzas o los demás somos unos paquetes. Mi consuelo es que no sólo superé al robot, sino que quedé segundo, por 17 monedas de diferencia. Y con el cerebro derretido, of course

Lo peor de Alta Tensión es la sensación de comuni continuo. Siempre hay algo que estamos haciendo mal. Las reglas parecen más o menos claras, con mecánica básica de juego fácil de seguir, pero siempre hay algún detalle que se nos escapa, generalmente relacionado con los cambios de fase.

Gnomes 4 Hire

Ya os lo advertimos en su día:  no os dejéis engañar por sus ilustraciones de cómic y los chascarrillos repartidos por las reglas y las ayudas de juego, Belfort es un juego durillo.

Vale, entre comillas. No es que sea duro per se, es un juego en el que te puedes acercar bastante a la jugada óptima en cada turno, de manera que hay mucho pensar para encontrarla, para evitar que los demás la hagan, y para reorientar la estrategia cuando el jugador anterior te acaba de pisar. En grupos más ligeros esto puede no llegar a ser tan dramático (hay quien presume de jugar a Alta tensión sin echar cálculos antes de las subastas), pero para nosotros es imposible pasar de un modo hardcore a un modo casual.

Aún así, no es un Brass. Es un juego denso pero alegre (sabes que vas a perder irremisiblemente pero te sigues entreteniendo) en el que las mayorías del tablero distraen, sí, pero en el que las mayorías de elfos, enanos y gnomos son más decisivas.
Más o menos todos construimos un edificio por turno de media, y las casitas se reparten por los cinco distritos de modo que es difícil llevarte un pedazo grande de pastel y todos nos acabamos repartiendo las migas. Pero las mayorías en trabajadores son sustanciosas, y suele llevárselas una persona en solitario. En Belfort los empates en mayorías se resuelven en el escalón inferior. Y mientras que en los barrios puntúan los tres primeros, en trabajadores sólo los dos primeros. Es habitual que una persona tenga la mayoría de una raza y todos los demás tengan el mismo número de esos trabajadores, lo que hace que sólo puntúe uno. Y si, como fue nuestro caso, un jugador consigue puntuar dos mayorías, se puede considerar ganador si no mete la pata.

Tabla de puntuación.

Tabla de puntuación.

No sé cuánto tardaremos en quemarlo (igual a la cuarta partida descubrimos que es siempre lo mismo y hay una estrategia típica de la que no merece la pena salirse), pero Belfort es uno de los juegos que nos alegramos de haber descubierto en 2013, igual que Vanuatu lo fuera en 2012.

El postre fue ¡Tiburón!, una tontuna divertidísima en la que a la que te descuidas te han comido las piernas. Un sistema de subasta ciega a una carta en la que lo importante es no coincidir con la carta de otro jugador.

El rojo tranquilo por unos instantes: el tiburón estaba saciado tras comerse al azul

En avión a Nueva York; nos espera Humphrey Bogart.

A veces parece que nuestro criterio es otro, que jugamos a cualquier cosa con el único criterio de que te derrita el cerebro durante 90 a 180 minutos, y no es así. Nosotros somos de Wallace a piñón.

En mi último día del gañán (que ya no recuerdo si fue antes o después de las Zona Lúdica o si me volverá a tocar antes de que termine el año, pero sí recuerdo que coincidimos los cinco) volvimos a hacer un día Wallace, esta vez de seminovedades.

Abrimos noche con Aeroplanes con el único interés de decidir si estantería o chimenea. Todas las veces que lo habíamos jugado habíamos interpretado mal las reglas (nota a nuevos visitantes: eso es a lo que llamamos “hacer un comuni“), tirando el dado de jugador inicial nada más que al principio de la partida y con cada cambio de fase de juego, y por lo visto ha de lanzarse tras cada ronda de juego. Otra de las dudas de reglas, que originó una de las siempre entretenidas discusiones dialécticas entre David y yo, fue si los asientos que no has rellenado en fases anteriores (y que tienes representados por una linda minificha de pasajeros) siguen restando en el balance de pasajeros transportados en el cálculo de PVs de final de ronda. Alex Yeager, de Mayfair Games, a quien consideramos voz de la experiencia en la duda anterior, nos aclara que no cuentan. En cada una de las tres puntuaciones se cuentan los pasajeros enviados y se les restan los asientos vacíos de los aviones comprados en esa fase de juego.
Lo bueno de dicha discusión es que coincidió con el momento despliegue y cena, así que en verdad robó poco del tiempo de juego.

©Bill Waterson. Usada sin permiso y sin ánimo de lucro, porque ¿quién podría resistirse?

Por supuesto, lo resolvimos hablando educadamente como personas adultas

El veredicto final es que yo creía que el dado iba a ser más caótico, mientras que en verdad introduce un importante elemento de incertidumbre a la hora de planificar las acciones. Como jugábamos antes un jugador podía saber a ciencia cierta que llegaría (por ejemplo) a Japón antes que los demás jugadores, por lo que sería él quien se llevara la ficha con los 5PV. En cambio, con el orden de turno azaroso obliga a llevar a cabo las acciones importantes antes, no compensando dejar pasajeros en barbecho. O, más allá, incluso a perder la carrera por colocar un aeropuerto y transportar allá dichos pasajeros.

El segundo veredicto es que soy aún peor de lo que parecía en las otras dos partidas. Intenté una estrategia de colocar infinitas fichas de pasajeros (perdiendo puntuaciones de beneficios en rondas I y II pero hinchándome a llevar pasajeros en la III) y nada. Fran sí que la supo hacer y quedó segundo. Yo quedé el último. Ganó David, a pesar de todos los lloros porque le robé nosecuál aeropuerto asiático.

Como postre saqué el P.I. de la bolsa opaca en la que lo llevaba (para que nadie huyera antes de tiempo). Un juego de deducción con una puntuación en la BGG más baja de lo que merece, que algunos han definido con un Cluedo en tres rondas.

Tablero de juego.

Muchas pistas en la fría Nueva York

P.I. es un juego entretenido, ligero y breve. Aunque a nosotros nos llevara jugarlo hora y media por culpa del cansancio (empezamos a las 0:00, después de un día de trabajo y un Aeroplanes entre pecho y espalda) se puede jugar en 45 minutos. Sí, muy parecido al Cluedo, pero con bastantes ventajas, como eliminar el sistema de movimiento e integrarlo con la petición de pistas (recuerdo con horror los paseos para ir de la cocina al estudio, mientras los demás se hinchaban) o dar casos independientes para cada jugador.

Los inconvenientes encontrados fueron dos. El primero y principal tiene que ver con el orden de juego. Y es que al jugador a quien le haces las preguntas, quien tiene la solución de tu caso, es el jugador de tu derecha, el que acaba de jugar. Y por tanto está pensando qué le han querido decir poniendo un cubito en la Skid Row. Eso genera un retraso entre turnos al que también podemos culpar de haber prolongado nuestra partida.
David y su incontrolable Gen G (nota para visitantes: G de Golfo, el que lleva a algunos más que otros a cambiar las reglas de todo lo que ponemos en la mesa porque “yo sí que sé y no este ganapan que saca los juegos sin testear”) propusieron cambiar el orden de juego (o la distribución de las cartas) de manera que uno pregunta después de haber dado pista, por lo que puede pensar mientras el siguiente hace su pregunta.
Yo no digo ni que sí ni que no; podría probarse. Mi duda es si en ese caso no estarás dando una pista al jugador que viene después, el que te está dando la pista, con lo que en verdad estás haciendo el orden de turno más relevante para la puntuación final de lo que ya es.

El segundo inconveniente es un poco metalúdico y no afecta al sistema, pero dio pie a muchos chistes: cada jugador, jefe de un equipo de cinco investigadores, sabe que tiene que resolver un delito, en una localización, cometido por una persona, pero no sabe ninguno de los tres. Imaginaos la escena:

– McKeihan, vete por la ciudad, que sé que ha pasado algo.
– Ok, jefe. ¿Dónde ha sido?
– Ni idea. Averígualo.
– Eh… vale. ¿Es algo de drogas? ¿Prostitutas? ¿Le han cosido el cuerpo a balazos a alguien?
– No me lo han dicho.
– ¿Sospechamos de alguien?
– No, ¿por qué íbamos a sospechar tan pronto?
o_O Pues pa ser el jefe, mu listo, mu listo, no eres…
– ¡Un respeto, McKeihan!
– ¡Tequiíyar caraho, hombre! ¡Me vuelvo a mi pueblo!

Me desquité de los aviones ganando la partida, lo que hizo que inmediatamente esta panda de simios resentidos y llorones me otorgaran el «U Award». Lo tengo expuesto en la vitrina.

Es un mundo muy pequeño. Más si eres presidente en el Caribe

Hacía ya un buen montón de tiempo que no nos juntábamos los cinco simios a jugar. Y anteayer, casi sin comerlo ni beberlo, nos vimos los cinco cenando en casa de David y contándonos batallitas antes de desplegar el tablero para mi día del gañán.

Por diversos motivos, la mitad más uno de nosotros (por no decir todos) estamos en una fase ‘Meh’ que hace que cada nuevo juego sea juzgado poco antes de acabar el turno uno y enviado a la hoguera poco después de empezar el segundo, así que preferí que el riesgo lo corriera otro. El primer juego de la noche fue Junta: Viva el presidente, versión de dados del popular juego de golpistas caribeños, que Jose llevaba dos años esperando a sacar a la mesa sin decirnos qué juego era. Bajo la misteriosa frase «Me han regalado un chusco que sólo funciona a cinco y que sacaré en mi día del gañán», el juego ha pasado 22 meses en una bolsa opaca, esperando a que se alineasen los planetas. Y, lo siento, yo soy menos paciente que él. Y además no quería ponerme a explicar reglas a las dieza de la noche 😛

Junta VeP es un filler de dados bastante simpático de mucha bofetada y final abrupto que nos gustó a los cinco. Probablemente más por la euforia del momento que por el juego en sí.

Tablero personal azul

La mansión del general azul. ©Damian White. 2012

Cada jugador interpreta a un golpista de una ficticia república bananera de los 70 que tratará de perpetuarse en el poder mediante ataques inesperados o frágiles alianzas. Para ello, básicamente hay tres acciones en el juego: mejorar tu mansión (con torres de vigía, helipuerto y demás lujos), reclutar milicianos y atacar a los demás o defenderse.
Orden de turno sencillo, dados representando a los milicianos y cartas que representan el dinero, objetos especiales o acciones especiales para el combate y, como en Meuterer, mucho cambio de líder a pesar de los sobornos que éste haga para protegerse las espaldas. Y, definitivamente, casi obligatorio jugar a cinco.

Tablero y puntos de victoria

Final de partida

Después de que Fran nos apalizase acumulando cinco puntos de victoria entre sus tres edificios y las cartas de yate y coche deportivo, para el plato principal resucité el Small World. Estaba claro que no me iba a poner a explicar reglas…

La única expansión que se puso en la mesa fue Cuentos y leyendas, y las razas del juego básico se nos quedaron cortas. Llegó un momento en el que hubo en mesa once razas (una activa y otra en declive por cada jugador, más unos orcos espíritu por ahí perdidos como si la historia no fuera con ellos) de las catorce que vienen en la caja. Está claro que, como mínimo, Malditos! y Grandes damas han de estar presentes.

El desarrollo fue considerablemente típico. Nos hemos acostumbrado a elegir raza activa en turnos impares y declinar en turnos pares y a pegarle a David, y eso es lo que hicimos. Por supuesto, la sombra del comuni planea siempre que jugamos y si en Junta VeP fue así, en un mazo de cartas sin mayor aclaración que el breve texto impreso no iba a ser menos… Por lo visto la carta Declive y caída que desencadena la entrada en declive de todas las razas activas al principio del turno parece implicar que esos jugadores no puedan elegir raza activa hasta el turno siguiente. Declinan, puntúan, y fin de turno. Si un jugador no tiene razas activas, no se ve afectado y puede elegir una nueva. Lo bueno es que todos lo interpretamos de la misma manera (entrar en declive es una acción gratuita; tiras tu anterior raza en declive, giras la activa, eliges una nueva activa y no puntúas hasta el final del turno) y que hay dudas razonables sobre la explicación de esa carta.
En cualquier caso, Small World es de esos juegos que sientan bien cuando uno no está muy centrado pero no quiere marcharse a casa con la sensación de que no ha jugado a nada serio. No como el Poseidon, que no salió muy bien parado tras intentar calzarlo un día a las diez y media.

Día del gañán: Cristian, David, Jose, Fran, Jokin

Los filler del gañán

Parece que ha pasado una eternidad, pero recuerdo que hace algunas semanas que quedamos en un horario un tanto pecualiar, un domingo por la mañana, en vez de ir a misa 🙂

Tocaba mi día del gañán, y como la quedada fue un tanto improvisada y aparecieron nada más y nada menos que cuatro simios, decidí no innovar y repetir una de mis flamantes adquisiciones de Essen 12, el Snowdonia. Es un juego fácil y relativamente corto, por lo que la mañana se antojaba ligera.

Carta promocional de Essen 2012… ¿alguien tiene una de sobra?

El Snowdonia es un juego de colocación de trabajadores bastante sencillo, con un conjunto de acciones para escoger limitado y que además no “crece” a lo largo de la partida. La idea es que los jugadores están ayudando a construir la línea de ferrocarril para llegar a la cima más alta de Gales (si no recuerdo mal), Snowdonia, y con sus dos trabajadores pueden conseguir piedra, hierro y carbón, transformar escombros/hierro en piedra/acero, desescombrar el trazado de las vías para permitir su construcción, construir vías o construir las estaciones intermedias. También puedes hacerte con una locomotora (que te da algo de magia como usar un trabajador más) y lo más importante del juego, conseguir contratos específicos (construir un número determinado de vías, o tantos escombros…) que dan además de muchos PV, alguna acción adicional. No se si queda muy claro, pero la idea es que el juego no tiene mucha más complejidad, al menos desde el punto de vista de lo que pueden hacer los jugadores. Así puesto, parecería un juego bastante sosete, la pequeña innovación que le da gracia al juego es un sistema de eventos aleatorios, el que el juego va construyendo el trayecto y las estaciones a la vez que los jugadores y además, hay un pequeño sistema de clima (con predicción perfecta a tres días, cosa que no se cree nadie…) que hace afecta a las acciones de desescombrar y construir vías. Los eventos y el clima añaden una cierta cantidad de azar (medio controlable) que hace que las partidas sean diferentes unas de otras y que el juego no sea especialmente duro.

En nuestra partida, después de varios días de lluvia intensa en el que apenas se habías construido una cuarta parte de las vías y las estaciones, Bravucón adelanto el buen tiempo y yo me aproveché para desescombrar en un par de turnos hasta la cima, acción que precipitó el final de la partida de forma inesperada… Vamos que en dos turnos se construyó todo lo que se tenía que construir. Bravucón se quedo con cara de canelo con los almacenes llenos de materiales sin usar, y Fran se alzó con la victoria gracias de nuevo a la maravillosa locomotora que da PVs. Esta partida fue muy diferente de la anterior, en este caso por el clima y el contrato que yo cogí (que me permitía desescombrar a doble velocidad).

El setup es horroroso (-1), pero en general dejó un buen sabor de boca como juego ligero de colocación de trabajadores, un poco por encima de un filler de gañanes.

¿Qué es pare mi un filler para gañanes? Un juego no demasiado complicado, que se pueda jugar en tornos a los tres cuartos de hora con gente que lo sepa jugar, y que se disfruté más entre gañanes, no con no jugones. El año del dragón, San Petersburgo, Notredame o el Meuterer (que se podría vender en caja con tablero a 40 euros…) son algunos de los que me vienen a la cabeza. Yo no disfruto un San Petersburgo si no juego con gañanes que van a conseguir y luchar a muerte por el máximo número de nobles…

El caso es que después del Snowdonia (que duró hora y cuarto), sacamos otro juego que podría calificar dentro de esta categoría, aunque se queda un poco fuera por no ser un juegazo (condición indispensable), el Yspahan. El caso es que después de muchos años, volví a jugar una partida en Yucata y tenía ganas de probarlo con gañanes. Este juego no lo disfrutaría con no jugones. Chari me explicó rápidamente en que consiste en juego…

Camellos entrañables…

La primera semana intenta construir todo lo que puedas, en particular el edificio que te da cartas al mandar mercancías a la caravana, en la segunda, manda todo lo que puedas a la caravana y llénate de cartas, a ser posible con envíos dobles, la tercera a rellenar tiendas“.

Esto se tarda una vida en explicar a no jugones, por lo que no lo disfruto demasiado. Con los simios, es un juego rápido e intenso que se juega en un tris. A mi y a bravucón nos encantó, pero tuvo una acogida más tibia (por no decir negativa) con Jose y Fran. El caso, es que nunca le diría que no a una partida entre tres gañanes, pero no se lo sacaría a mi familia… Por cierto tiene dados (+1).

Por cierto, el juego está roto. La estrategía de doble envío es simplemente imparable. Tanto, que hasta en Yucata hay una variante gen G para evitarla más o menos…

Día del gañán: Jokin, Jose, Fran, Cristian, David